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Lectura del libro del Génesis. Cuando
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Dios se le apareció, Abraham se postró
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con el rostro en el suelo y Dios le
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dijo, "Aquí estoy. Esta es la alianza
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que hago contigo. Serás padre de una
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multitud de pueblos. Ya no te llamarás
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Abraham, sino Abraham, porque te he
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constituido como padre de muchas
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naciones. Te haré fecundo sobre manera.
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De ti surgirán naciones y de ti nacerán
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Contigo y con tus descendientes, de
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generación en generación establezco una
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alianza perpetua para ser el Dios tuyo y
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de tus descendientes.
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A ti y a tus descendientes les daré en
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posesión perpetua toda la tierra de
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Canaán, en la que ahora vives como
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extranjero, y yo seré el Dios de
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ustedes. Después le dijo Dios a Abraham,
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"Cumple pues mi alianza, tú y tu
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posteridad de generación en generación."
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Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
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Proclamación del Santo Evangelio según
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San Juan. Gloria a ti, Señor. En aquel
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tiempo, Jesús dijo a los judíos, "Yo les
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aseguro, el que es fiel a mis palabras
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no morirá para siempre." Los judíos le
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dijeron, "Ahora ya no nos cabe duda de
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que estás endemoniado, porque Abraham
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murió y los profetas también murieron, y
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tú dices, "El que es fiel a mis palabras
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no morirá para siempre. ¿Acaso eres tú
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más que nuestro padre Abraham, el cual
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murió?" Los profetas también murieron.
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¿Quién pretendes ser tú? Contestó Jesús.
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Si yo me glorificara a mí mismo, mi
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gloria no valdría nada. El que me
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glorifica es mi Padre, aquel de quien
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ustedes dicen es nuestro Dios, aunque no
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lo conocen. Yo, en cambio, sí lo
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conozco. Y si dijera que no lo conozco,
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sería tan mentiroso como ustedes. Pero
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yo lo conozco y soy fiel a su palabra.
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Abraham, el padre de ustedes, se
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regocijaba con el pensamiento de verme.
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Me vio y se alegró por ello. Los judíos
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le replicaron, "¿No tienes ni 50 años y
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has visto a Abraham?"
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Les respondió Jesús, yo les aseguro que
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desde antes que naciera Abraham, yo soy.
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Entonces recogieron piedras para
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arrojárselas, pero Jesús se ocultó y
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salió del templo. Palabra del Señor.
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Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
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hay nombres que llevan el peso de la
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historia, nombres que resuenan a través
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de los siglos como ecos de promesas
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divinas. Abraham es uno de esos nombres,
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no el Abraham de antes, sino Abraham, el
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nombre que Dios mismo eligió,
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transformando la identidad de un hombre
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y con ella el destino de toda la
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Hoy las Escrituras nos invitan a
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adentrarnos en dos momentos
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extraordinarios de la historia de la
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salvación. Separados por siglos, pero
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unidos por un hilo de oro. La promesa de
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Dios que trasciende el tiempo y la
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muerte. Por un lado, vemos a Abraham
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postrado en tierra, escuchando a Dios
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establecer una alianza eterna.
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Por otro, contemplamos a Jesús
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confrontando a los líderes religiosos de
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su tiempo, haciendo declaraciones que
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parecen rozar la blasfemia para oídos
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desprevenidos. Abraham cayó rostro en
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tierra. Qué imagen tan poderosa. Hay un
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hombre de 99 años con el cuerpo
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encorbado por el peso de los años, pero
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con el espíritu elevado por la esperanza
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En esa posición de total humildad y
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entrega, escucha las palabras que lo
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cambiarían todo. Este es mi pacto
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contigo. Serás padre de muchedumbre de
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naciones. Considera la audacia de esta
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promesa. Abraham y Sara eran ancianos,
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estériles, humanamente hablando,
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incapaces de concebir. Y sin embargo,
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Dios promete no solo un hijo, sino un
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linaje tan numeroso como las estrellas
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del cielo. Esto no solo es improbable,
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es imposible según toda lógica humana.
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Pero es precisamente aquí donde la
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sabiduría divina brilla con más fuerza.
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Dios no obra dentro de los límites de
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nuestras posibilidades. Opera en el
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reino de lo imposible, transformando la
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esterilidad en fertilidad, la muerte en
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vida, la desesperación en esperanza.
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Cuántas veces en nuestra vida nos
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encontramos en situaciones abrahámicas,
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circunstancias que parecen completamente
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desesperanzadoras desde una perspectiva
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humana. Es precisamente en estos
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momentos que se nos invita a postrarnos
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como Abraham y confiar en que Dios puede
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hacer lo que nosotros jamás podríamos
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hacer. Y luego viene el cambio de nombre
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de Abraham, padre exaltado, a Abraham,
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En la cultura bíblica, los nombres no
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eran meros distintivos, eran
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declaraciones de identidad, destino y
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propósito. Cuando Dios cambia el nombre
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de Abraham, en esencia le está diciendo,
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"Tu identidad ya no se definirá por lo
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que eras, sino por lo que haré a través
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de ti." Esta no es solo la historia de
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Abraham, también es la nuestra. Cada uno
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de nosotros está llamado a una
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transformación de identidad. Ya no nos
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definen nuestros fracasos pasados,
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nuestras limitaciones presentes, ni
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nuestros temores futuros. nos define el
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pacto de Dios con nosotros, las promesas
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que nos ha hecho, el destino que ha
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planeado para nosotros. El pacto que
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Dios establece con Abraham no es un
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contrato comercial donde ambas partes
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negocian sus términos. Es un compromiso
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incondicional de un Dios fiel con su
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Yo seré tu Dios y el Dios de tu
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descendencia, dice el Señor. No serás mi
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pueblo, sí, sino simplemente yo seré tu
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sin condiciones, sin cláusulas de
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escape. Y este pacto, Dios lo deja
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claro, es un pacto eterno, no es
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temporal, no es experimental, es eterno
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a través de generaciones, culturas y del
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tiempo mismo. Aquí es donde nuestra
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lectura del evangelio rebosa de
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Siglos después de la promesa a Abraham,
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Jesús se encuentra en el templo en una
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de las confrontaciones más intensas de
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su ministerio. Los judíos, orgullosos de
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su linaje abrahámico, le dicen a Jesús,
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"Nuestro padre es Abraham." Apelan a su
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identidad como descendientes físicos del
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patriarca, como herederos de las
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promesas. Pero Jesús responde con algo
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que los conmociona profundamente. De
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cierto, de cierto os digo, antes que
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Abraham fuese, yo soy. Yo soy. Estas dos
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palabras resuenan a través de los
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siglos, desde el monte Sinaí, donde Dios
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se reveló a Moisés en la zarza ardiente.
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Yo soy el que soy, el nombre sagrado de
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Dios, tan santo que los judíos no lo
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pronunciaban. Y aquí está Jesús
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aplicándose este nombre divino. La
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reacción de los oyentes es inmediata y
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violenta. Entonces tomaron piedras para
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Entienden perfectamente lo que Jesús
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dice. No solo afirma que existía antes
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de Abraham, sino que se declara el Dios
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eterno, quien hizo el pacto con Abraham,
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quien prometió y cumple todas las
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Pero antes de esta explosiva
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declaración, Jesús dice algo igualmente
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Si alguno cumple mi palabra, nunca verá
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la muerte. Piensen en esto. Jesús
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promete la victoria sobre la muerte, el
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último y más terrible enemigo de la
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humanidad. Los judíos se indignan.
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Abraham murió y también los profetas y
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dicen, "Si alguno cumple mi palabra,
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nunca probará la muerte. ¿Acaso son
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ustedes mayores que nuestro padre
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Abraham que murió? La respuesta
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implícita de Jesús es un rotundo sí. Él
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es mayor que Abraham. Él es mayor que
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los profetas, porque él es Dios
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encarnado, el cumplimiento de todas las
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promesas hechas a Abraham y a través de
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él. Vean cómo todo se conecta, hermanos
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y hermanas. La promesa de Dios a Abraham
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de que sería padre de multitudes no se
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refería solo a su descendencia física.
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Pablo explica en sus cartas que los
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verdaderos descendientes de Abraham son
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todos aquellos que tienen la fe de
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Abraham y esta fe encuentra su
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cumplimiento en Cristo. Cuando Abraham
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se postró ante Dios y aceptó el pacto,
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en cierto modo anticipaba el día de
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Cristo. Jesús dice, "Abraham vuestro
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padre se regocijó de que vería mi día.
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Lo vio y se alegró. A través de la fe,
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Abraham vislumbró el cumplimiento
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definitivo de las promesas de Dios, no
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solo en Isaac, sino en Jesucristo. El
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pacto eterno que Dios hizo con Abraham
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encuentra su plenitud en Cristo. La
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promesa de ser el Dios de Abraham y de
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su descendencia se cumple perfectamente
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cuando Dios envía a su propio hijo a
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morar entre nosotros.
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La señal del pacto, la circuncisión, es
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reemplazada por el bautismo, donde
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morimos y resucitamos con Cristo. Y esa
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promesa de Abraham de ser padre de
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multitudes se cumple de maneras que el
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patriarca jamás podría haber imaginado,
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no solo a través de los descendientes
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físicos, sino a través de todos
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nosotros, judíos y gentiles, hombres y
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mujeres, de toda nación, tribu y lengua,
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que mediante la fe en Cristo [música]
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nos convertimos en hijos de Abraham y
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herederos de las promesas. Pero hay algo
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aún más profundo en estas lecturas.
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Cuando Jesús dice, "Yo soy", revela que
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él es el fundamento mismo de la alianza.
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No es simplemente un mensajero de Dios.
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Él es Dios. No solo trae las promesas de
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Dios, él es la promesa encarnada. No
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solo nos habla de la vida eterna, él es
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la vida eterna en persona. Si alguno
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guarda mi palabra, nunca verá la muerte.
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Esta es la nueva alianza, la alianza
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eterna, no escrita en carne, sino en
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corazones transformados.
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Cuando guardamos la palabra de Cristo,
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cuando la hacemos el fundamento de
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nuestra vida, entramos en una realidad
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que trasciende la muerte física.
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Esto no significa que no moriremos
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físicamente. Abraham murió, los profetas
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murieron, incluso Jesús experimentó la
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muerte física. Pero hay una diferencia
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crucial. Para quienes están unidos a
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Cristo por la fe, la muerte no es el
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fin, es solo un pasaje, una puerta a la
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plenitud de la vida en Dios. Queridos
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hermanos y hermanas, hoy se nos invita a
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asumir nuestra identidad como verdaderos
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hijos e hijas de Abraham. Estamos
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llamados a vivir no por la vista
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natural, sino por la fe que ve lo
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invisible. Como Abraham se nos invita a
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confiar en promesas que parecen
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imposibles desde una perspectiva humana.
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Quizás hoy te enfrentas a una
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esterilidad en tu vida, quizás sea
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física, emocional, relacional o
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espiritual. Quizás te sientas como
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Abraham y Sara, demasiado viejo,
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demasiado cansado, demasiado exhausto
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para ver nuevas posibilidades.
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Pero recuerda, nuestro Dios es el Dios
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de lo imposible. Él es el Dios que trae
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vida del vientre estéril, que hace
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brotar ríos en el desierto, que resucita
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a los muertos. Y a diferencia de
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Abraham, quien tuvo que esperar 25 años
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para ver el cumplimiento de la promesa
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en Isaac, nosotros ya vemos el
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cumplimiento final en Cristo. No
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necesitamos preguntarnos si Dios
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cumplirá sus promesas. Él ya las cumplió
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en la cruz y en la resurrección.
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En Cristo, todas las promesas de Dios
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También se nos desafía a reflexionar
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sobre nuestra respuesta a las
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declaraciones de Jesús. Cuando él afirma
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que es el eterno yo soy, cuando promete
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vida eterna a quienes cumplen su
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palabra, ¿cuál es nuestra respuesta?
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¿Recogeremos piedras como los judíos
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incrédulos? ¿O nos postraremos como
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Abraham, reconociendo que estamos en la
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presencia del Dios vivo? Cumplir la
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palabra de Jesús no es simplemente
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memorizar versículos bíblicos. o seguir
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Es permitir que sus palabras penetren
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tan profundamente en nuestro ser que
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transformen nuestra forma de pensar,
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sentir y actuar. Es hacer de Cristo el
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centro absoluto de nuestras vidas, la
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lente a través de la cual vemos todo lo
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demás. Y cuando hacemos esto, sucede
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algo extraordinario.
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Descubrimos que no solo cumplimos
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palabras sobre la vida eterna, sino que
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la experimentamos aquí y ahora. Porque
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la vida eterna no es solo un tiempo
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infinito en el futuro, es una cualidad
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de vida en el presente, una vida vivida
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en íntima comunión con el Dios eterno.
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La alianza que Dios hizo con Abraham
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sigue viva en nosotros hoy. Cada vez que
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celebramos la Eucaristía, renovamos
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nuestra participación en esta alianza
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eterna. Al comer el cuerpo y beber la
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sangre de Cristo, nos unimos a aquel que
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existía antes de Abraham, aquel que es
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el eterno yo soy. Que como Abraham nos
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postremos ante el misterio de Dios, no
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con temor, sino con confianza. que
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abracemos nuestra nueva identidad como
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hijos e hijas de la promesa, que
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guardemos la palabra de Cristo con tanta
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fidelidad, que se convierta en parte
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integral de quienes somos y que vivamos
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cada día con la certeza del pacto
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eterno, que Dios es nuestro Dios, que
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sus promesas son seguras y que en Cristo
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Jesús ya hemos comenzado a experimentar
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esa vida que la muerte no puede tocar,
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esa vida que es eterna, no solo en
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duración, sino también en calidad,
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belleza y plenitud. Que el Dios de
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Abraham, el padre de nuestro Señor
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Jesucristo, nos bendiga y nos guarde.
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Que renueve en nosotros la fe de Abraham
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y nos conceda la gracia de vivir como
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verdaderos herederos de las promesas
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hoy, mañana y por siempre. Amén.
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Santo Miguel Arcángel, defiéndenos en la
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batalla. Sé nuestro amparo contra la
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perversidad y las asechanzas [música]
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del demonio. Reprímale, Dios. Pedimos
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suplicantes. Y tú, príncipe de la
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milicia celestial, arroja al infierno
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con el divino poder a Satanás y a los
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demás espíritus malignos que andan
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dispersos por el mundo para la perdición