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Lectura del libro del Génesis. En
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aquellos días, Melquisedec, rey de
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Salem, sacó pan y vino y como sacerdote
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del Dios Altísimo, bendijo a Abraham
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diciendo, "Bendito sea Abraham por el
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Dios altísimo, creador del cielo y de la
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tierra. Bendito sea el Dios altísimo,
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que entregó a tus enemigos en tus
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Y Abraham le dio el diezmo de todo.
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Palabra de Dios. Gracias a Dios.
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Lectura de la primera carta de San Pablo
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a los Corintios. Hermanos y hermanas, lo
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que yo recibí del Señor es lo que
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también les he transmitido. La noche en
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que fue entregado, el Señor Jesús tomó
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pan y, habiendo dado gracias, lo partió
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y dijo, "Esto es mi cuerpo que se
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entrega por ustedes. Hagan esto en
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memoria mía." Asimismo, después de
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cenar, tomó la copa diciendo, "Esta copa
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es la nueva alianza en mi sangre. Hagan
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esto todas las veces que la beban en
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memoria mía, porque cada vez que coman
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este pan y beban esta copa, proclaman la
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muerte del Señor hasta que venga.
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Palabra de Dios. Gracias a Dios.
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Proclamación del Evangelio de Jesucristo
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según San Lucas. Gloria a ti, Señor. En
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aquel tiempo, Jesús recibió a la
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multitud, les habló del reino de Dios y
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sanó a todos los necesitados. Ya era
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tarde. Los 12 apóstoles se acercaron a
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Jesús y le dijeron, "Despídelos para que
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vayan a los pueblos y campos de los
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alrededores y encuentren comida y
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alojamiento, porque estamos en un lugar
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remoto." Pero Jesús les respondió,
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"Denles ustedes de comer." Ellos
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respondieron, "Solo tenemos cinco panes
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y dos peces, a menos que vayamos a
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comprar comida para toda esta gente."
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Había unos 5,000 hombres allí. Pero
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Jesús dijo a sus discípulos, "Hagan que
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la gente se siente en grupos de 50." Los
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discípulos así lo hicieron y todos se
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sentaron. Entonces Jesús tomó los cinco
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panes y los dos peces, miró al cielo,
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los bendijo, los partió y se los dio a
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los discípulos para que los
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distribuyeran a la multitud. Todos
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comieron y se saciaron y recogieron 12
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canastas de pedazos que sobraron.
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Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor.
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Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
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imaginen la escena. Un campo inmenso,
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cientos de personas reunidas,
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hambrientas, agotadas, buscando algo.
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Quizás alimento, quizás significado,
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quizás sanación. Y entonces con las
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manos vacías, con solo cinco panes y dos
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peces, Jesús mira al cielo, bendice,
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parte el pan y ocurre el milagro. Todos
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comen, todos quedan satisfechos, todos
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quedan asombrados. Pero, ¿realmente
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comprendemos lo que revela este milagro?
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Hoy celebramos una verdad central de
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nuestra fe. El Dios que se da, el Dios
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que alimenta, el Dios que se hace pan. Y
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esta verdad resuena en las tres lecturas
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que hemos escuchado. No hablamos solo de
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un milagro antiguo ni de un ritual
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litúrgico. Hablamos de un estilo de
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vida, una invitación divina a dejar de
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recibir y empezar a compartir. Porque en
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cada uno de estos pasajes, Dios nos
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muestra, no basta con creer, debemos
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compartir. No basta con admirar, debemos
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participar. Y no basta con comer,
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debemos convertirnos en pan para los
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demás. En la primera lectura del Génesis
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14 nos encontramos con una figura
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misteriosa y fascinante. Melquisedec,
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rey de Salem y sacerdote del Dios
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Altísimo. Aparece casi como un relámpago
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en la narración bíblica, sin genealogía,
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sin pasado ni futuro registrados. Y trae
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consigo pan y vino. Sí, pan y vino. Los
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mismos elementos que Jesús consagrará en
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la última cena. Es imposible no ver aquí
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una prefiguración de la Eucaristía. Un
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eco sagrado que trasciende los siglos.
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Melquisedec bendice a Abraham, reconoce
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su victoria y con gestos silenciosos
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revela algo más grande. La verdadera
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victoria no proviene de la espada, sino
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de la comunión con Dios. El pan y el
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vino ofrecidos allí no eran solo
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sustento físico, sino símbolo de una
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alianza eterna, de un sacerdocio que ya
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no estaría ligado a la sangre de
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animales, sino a la sangre del mismo
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hijo de Dios. Al presentar el pan y el
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vino, Melquisedec plantó la semilla de
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lo que un día florecería plenamente en
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la cena del Señor. Y así llegamos a la
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segunda lectura. San Pablo, escribiendo
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a los corintios, nos lleva directamente
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al corazón de la fe cristiana. No se
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limita a narrar la última cena, sino que
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la transmite como un tesoro que ha
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recibido y ahora da. Este es mi cuerpo
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que se entrega por vosotros. Este cáliz
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es la nueva alianza en mi sangre.
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Estas palabras se repiten en cada santa
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misa, resonando a lo largo de los siglos
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en los altares de todo el mundo. Pero
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note, San Pablo no escribe esto para
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conmover, escribe para corregir. La
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comunidad de Corinto trataba la
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Eucaristía como cualquier otro banquete,
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con divisiones, egoísmo e indiferencia
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hacia los pobres. Por eso Pablo recuerda
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la esencia. La cena es un memorial de
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entrega, de sacrificio, de amor sin
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Celebrar la Eucaristía no se trata solo
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de comer pan, sino de unirnos a Cristo
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que se comparte, que se entrega, que se
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entrega por completo. Y así llegamos al
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Evangelio de Lucas, capítulo 9, el
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milagro de la multiplicación de los
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panés. Pero, hermanos y hermanas, este
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milagro es mucho más que alimento
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físico. Es un retrato vivo de la lógica
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del reino de Dios. Observen con
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atención. Jesús acoge a la multitud.
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habla del reino, cura a los enfermos y
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al final del día los discípulos quieren
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despedir a la gente. Pero Jesús dice,
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"Dadles vosotros de comer. Aquí es donde
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todo cambia. Los discípulos ven la
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escasez. Solo tenemos cinco panes y dos
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Pero Jesús ve el potencial de compartir.
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No se queja de lo poco, es agradecido,
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no se desespera, sino que bendice. Y en
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ese gesto de alzar la mirada al cielo,
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partir el pan y distribuirlo, Jesús
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anticipa la Eucaristía, revela el
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corazón de Dios, un corazón que se parte
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para alimentar, que se entrega hasta el
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final. Y mira, sobran 12 canastas. 12.
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Una para cada apóstol, como si Jesús
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alimentan a los demás, estén siempre
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dispuestos a compartir." La abundancia
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del reino comienza cuando rompemos con
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la lógica del egoísmo y entramos en la
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lógica de la confianza y el compartir.
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Ahora, hagamos una pausa. Cierren los
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ojos un momento e imaginen. Si Jesús
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estuviera aquí ahora y lo está, y les
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dijera personalmente, "Dame lo poco que
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tienen." ¿Qué darían? Su tiempo, su
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talento, su paciencia, su corazón roto,
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su miedo. Jesús no necesita grandes
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cantidades, necesita un corazón
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dispuesto. Porque cuando ponemos lo poco
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en sus manos, él lo transforma en un
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milagro. Y este es el desafío de la
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homilía de hoy. No somos simples
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comensales de la mesa eucarística.
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Estamos llamados a ser eucaristía en el
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mundo. Ser eucaristía es ser presencia.
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Ser eucaristía es ser consuelo. Ser
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eucaristía significa ser alimento para
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quienes tienen hambre, de pan, de
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afecto, de dignidad. En una sociedad
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marcada por la prisa, el individualismo
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y el despilfarro, la Eucaristía nos
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enseña a detenernos, a compartir, a
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reconocer a los demás como hermanos.
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Podemos pensar en la vida como una gran
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mesa. En muchas de ellas vemos
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abundancia por un lado y pobreza por el
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otro. Vemos a unos pocos acaparando y a
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muchos esperando una migaja. Pero en la
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mesa de Jesús hay espacio para todos y
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él nos invita no solo a sentarnos, sino
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también a servir. ¿Te has preguntado
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alguna vez cuántas veces se podría
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multiplicar el pan hoy en día si fueras
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el primero en compartir? ¿Cuántas vidas
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pueden transformarse con un simple
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gesto, un plato de comida, una palabra
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de consuelo, un oído atento, una
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presencia fiel? La eucaristía que
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celebramos en el altar debe continuar en
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la calle, en casa, en el trabajo. Debe
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continuar en el gesto de una madre que
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renuncia al descanso para cuidar a su
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hijo enfermo. En el padre que trabaja
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duro e incluso cansado, sonríe a sus
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hijos. En el joven que dice no a los
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caminos fáciles y elige la verdad. En el
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anciano que reza en silencio por sus
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seres queridos. Cada uno de nosotros
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puede ser pan bendecido, partido y dado.
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Hoy Jesús los mira y les vuelve a decir,
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"Denles ustedes de comer. No tengan
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miedo de ofrecer lo poco que tienen,
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porque en las manos de Dios lo poco se
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llena." Al final de esta homilía, los
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invito a tomar en serio estas tres
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palabras. Uno, alianza. Recordando que
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desde Melquisedec hasta Cristo, Dios
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nunca ha dejado de sellar una alianza de
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amor con nosotros. Dos memoria. Porque
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celebrar la Eucaristía es más que
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recordar, es hacer presente aquel que se
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entregó por nosotros. Tres, misión,
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porque al participar del cuerpo de
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Cristo, somos enviados a ser el cuerpo
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de Cristo en el mundo. Que esta liturgia
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nos renueve, que recibamos el cuerpo del
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Señor y también la valentía de amar como
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él, de entregarnos como él, de ser signo
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de esperanza como él y que María, la
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mujer eucarística, nos enseñe a decir sí
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como ella. Que San Pablo, el apóstol de
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la Eucaristía, nos inspire a vivir
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nuestra fe con coherencia y que un día
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podamos sentarnos a la mesa final en la
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eternidad, donde ya no habrá hambre ni
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dolor, sino solo plena comunión con el
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Dios que se hizo pan por amor. Amén.
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Santo Miguel Arcángel, defiéndenos en la
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batalla. Sé nuestro amparo contra la
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perversidad y las asechanzas del
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demonio. Reprímale, Dios. Pedimos
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suplicantes. Y tú, príncipe de la
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milicia celestial, arroja al infierno
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con el divino poder a Satanás y a los
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demás espíritus malignos que andan
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dispersos por el mundo para la perdición