Homilia de monseñor Silvio José Báez XV domingo del Tiempo Ordinario 12 de julio de 2026
Jul 12, 2026
“Podemos sentirnos a veces impotentes ante la crueldad prepotente de los poderosos que someten al pueblo o, peor aún, llegar a aceptar como normal la represión y el miedo. En otros momentos, podemos sentir que la lucha es inútil y que es mejor desistir. No perdamos la esperanza: no todo es piedras y espinas”, dijo monseñor Silvio José Báez, obispo auxiliar de Managua, en la homilía de la misa que celebró este domingo 12 de julio en la parroquia Santa Agatha, en Miami, Florida.
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Queridos hermanos y hermanas,
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a partir de este domingo
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durante tres semanas consecutivas
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escucharemos en la liturgia el capítulo
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13 del Evangelio según San Mateo,
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en el cual el evangelista ha reunido
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varias parábolas narradas por Jesús.
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Las parábolas son pequeños relatos
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llenos de sencillez y sabiduría,
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dirigidos al corazón
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y nacidos
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del contacto de Jesús con la naturaleza
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y la vida ordinaria.
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Son comparaciones llamativas
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que despiertan la curiosidad y desafían
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el ingenio de los oyentes, invitándolos
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a descubrir un sentido oculto y
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sorprendente que se esconde tras ellas.
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Este domingo hemos escuchado la primera
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de estas parábolas, la conocida parábola
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del sembrador,
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que habla de un campesino que sale muy
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temprano de su casa a sembrar en el
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campo.
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Es un sembrador entusiasta
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que confía en la eficacia de la semilla
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que siembra
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y comienza a esparcirla. por todas
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partes,
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sin preocuparse por elegir el terreno
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antes de sembrar.
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Este sembrador no es un sembrador
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cualquiera,
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es el sembrador con mayúscula, el
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sembrador por excelencia, un sembrador
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optimista y generoso,
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quien espera que a pesar de las piedras
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y las espinas, del egoísmo y la maldad
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humana, la semilla de su palabra llegue
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a dar fruto.
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Este sembrador es un soñador que ve en
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todas partes y está convencido que
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incluso un matorral puede llegar a
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convertirse en un bello jardín.
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Este sembrador es Dios y el terreno en
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el que siembra somos nosotros.
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En efecto, San Pablo en la primera carta
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a los corintios dice, "Somos campo de
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Dios sobre el cual él siembra su
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palabra."
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Es hermosa la imagen de un Dios
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campesino que siembra en el campo del
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mundo y en nuestro corazón con la
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seguridad de que su esfuerzo no será
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inútil.
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Un día todas las semillas sembradas por
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Dios
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llegarán a florecer.
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Jesús es la palabra eterna de Dios hecho
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hombre.
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Es la semilla que Dios ha sembrado en la
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historia humana y que sigue esparciendo
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por el mundo. Como el pequeño grano de
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trigo que cae en tierra
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y muere para dar mucho fruto, Jesús ha
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muerto y resucitado,
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llenando con su presencia de vida, de
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luz y de esperanza el mundo entero.
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En la parábola del sembrador que cuenta
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Jesús, él se está describiendo a sí
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mismo.
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Como sembrador entusiasta,
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Jesús anunció sin cansarse la bondad de
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Dios, esparciendo esperanza, devolviendo
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la salud a los enfermos, contagiando de
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alegría a los tristes, acogiendo con
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misericordia a los pecadores, sin hacer
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distinciones,
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sin excluir a nadie y sin desanimarse
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ante el rechazo y la razón. son de los
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hombres. Jesús anunció el evangelio no
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solo a quienes lo acogían gustosos, sino
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también a quienes lo rechazaban.
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Aunque Jesús sabía que se perdería gran
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parte de la semilla, pues no todos los
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terrenos la iban a acoger. Nunca se
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desanimó ni dejó de sembrar. Así fue y
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así es. Jesús sabe que siempre habrá
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obstáculo y resistencias de nuestra
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parte, pero no por eso deja de sembrar,
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de comunicarnos su palabra, ni se cansa
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de sembrar su bondad y su gracia en
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nuestros corazones.
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Jesús no desprecia la inconstancia
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nuestra.
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Jesús no desprecia la imperfección de
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nuestras vidas, ni pierde la confianza
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en que con la fuerza de Dios, la semilla
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de la palabra producirá mucho fruto en
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cada uno.
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Todos somos como tierras distraídas
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que dejamos que los pájaros nos roben la
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palabra de Dios.
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Somos terrenos llenos de espinas,
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esclavos de tantas cosas que nos amarran
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y nos hiereren. Somos tierra seca,
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inconstante y superficial,
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dura,
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donde la palabra no llega muchas veces a
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tener Honduras. Sin embargo, al mismo
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tiempo, todos somos también tierra
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buena, sedienta de verdad y de amor,
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siempre capaz de dar vida a la semilla
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de Dios. Por eso jamás debemos perder la
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esperanza, porque el Señor no se cansa
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de sembrar su vida y su amor en
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nosotros.
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Si respondemos con generosidad,
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nos volveremos tierra fecunda, de la que
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brotarán milagros de vida, de amor y de
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verdad.
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Dios conoce nuestro corazón, el corazón
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de cada uno y confía en cada uno. Dios
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ve posibilidades de bondad, de amor y de
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verdad en nuestras vidas de las que
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nosotros
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no somos capaces ni de imaginar.
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Todos estamos heridos y opacos.
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Podemos ser un campo superficial, duro y
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espinoso. Sin embargo, nuestra humanidad
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imperfecta
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sigue siendo aptacios.
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Abandonémonos con fe en el Señor y
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pongamos nuestra confianza en la semilla
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que él siempre está sembrando en
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nosotros.
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El evangelio, como dice San Pablo en la
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carta a los romanos, es fuerza de Dios.
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Una fuerza de Dios que de modo quizá
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discreto pero eficaz está renovando el
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mundo y de manera a veces imperceptible,
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silenciosa, está cambiando la vida de
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cada uno de nosotros, aunque no lo
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notemos.
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Jesús no busca campos perfectos,
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sino terrenos dispuestos a ser fecundos.
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Con el poder de su palabra, él remueve
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los suelos pedregosos,
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libera la tierra de las espinas, la
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fecunda con su amor y cuida con bondad
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de los retoños nuevos y frágiles.
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El Señor puede hacer de nuestros
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corazones una tierra buena que produzca
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mucho fruto. Todos podemos ser la tierra
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fecunda y fértil. que Dios espera que
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seamos. Respondamos al Señor con
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generosidad y decisión.
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La gratuidad de la semilla y la entrega
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de nuestra respuesta harán posibles
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frutos de amor y de verdad en nuestra
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vida.
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También el campo de la historia de
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nuestros pueblos puede parecer estéril y
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duro. Podemos sentirnos a veces
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impotentes ante la crueldad prepotente
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de los poderosos que someten al pueblo.
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O peor aún llegar a aceptar como normal
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la represión, el silencio obligado y el
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miedo. En otros momentos podemos sentir
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que la lucha es inútil y que es mejor
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desistir.
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No perdamos la esperanza.
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No todo es piedras y espinas.
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Si entramos en nuestro interior,
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descubriremos que la sed de justicia no
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se ha apagado y que la llama de la
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libertad sigue ardiendo en nosotros.
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Tampoco falta gente humilde, sincera en
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nuestro pueblo, que sigue soñando,
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luchando y rezando por una sociedad
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nueva. Jesús sigue sembrando la semilla
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de la vida, de la verdad y de la
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libertad en la historia de nuestros
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pueblos. Esta es la semilla del futuro.
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Son los signos de la siembra de Dios que
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un día dará sus frutos.
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Hay momentos en los que parece imposible
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cosechar,
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recoger los frutos, ver los resultados,
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pero siempre es tiempo de sembrar.
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Para sembrar esperanza, misericordia y
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justicia, para sembrar con paciencia y
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sin desesperar.
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Los obsesionados en cosechar éxito y ver
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resultados inmediatos pueden quedar
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defraudados. Lo que necesitamos hoy no
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son cosechadores rígidos y apurados,
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sino sembradores, fieles y pacientes.
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Necesitamos gente que siembre palabras
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de esperanza y gestos de compasión por
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todas partes. Necesitamos sembradores
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que vayan esparciendo semillas de
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esperanza y granos fecundos de
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sacrificio y de bondad.
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En conclusión, en la parábola del
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sembrador, Jesús narra la humildad de un
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Dios que se inclina para sembrar vida en
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nosotros. No habla de un Dios que viene
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exigente para recoger la cosecha de
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nuestros pobres campos, sino de un Dios
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tan lleno de bondad que es sembrador
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incansable de nuestros caminos.
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Pedregoso y de nuestros terrenos llenos
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de espina. No perdamos la confianza en
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el Dios sembrador, que nunca se cansa de
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nuestra arid y no deja de esperar que de
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entre nuestras piedras y espinas surjan
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siempre brotes de amor y de vida. Amén.
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No.
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