Homilía de monseñor Silvio Báez XVIII Domingo TO, 11 octubre 2026 parábola del banquete de bodas
Oct 11, 2026
Los dictadores arruinan la convivencia social mediante el miedo, las amenazas y la represión, mientras invocan a Dios, celebran sus propios triunfos y se aíslan cada vez más, consideró monseñor Silvio José Báez, obispo auxiliar de Managua.
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Queridos hermanos y hermanas,
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en la primera lectura de hoy, el profeta
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Isaías habla de un gran banquete
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preparado por Dios al final de la
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historia.
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El anfitrión es el mismo Señor,
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quien desea ver a todos sus hijos e
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hijas sentados junto a él en una misma
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mesa,
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gozando de la vida para siempre.
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Será un banquete de manjares apetitosos
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y excelentes vinos. Una fiesta eterna de
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vida y alegría.
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En ese banquete eterno, Dios mismo
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pasará
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como una madre amorosa y enjugará las
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lágrimas de todos los rostros.
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No habrá más motivo para llorar.
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No habrá más dolor, ni lágrimas, ni
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muerte.
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No habrá más tristeza ni soledad.
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No habrá más pobreza ni injusticia.
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Dios aniquilará la muerte para siempre.
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Esta fiesta final
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no es una vana ilusión ni una proyección
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infantil de nuestros deseos.
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Es la promesa más hermosa que Dios nos
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ha hecho.
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Es verdad que el sufrimiento, la
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injusticia y la muerte parecen negar
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esta fiesta de Dios. Sin embargo, la
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promesa se mantiene firme. Dios se
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compromete a cumplirla.
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Los comensales podrán decir aquel día,
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aquí está nuestro Dios. Esperábamos en
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él y él nos ha salvado.
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De este banquete final participarán
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quienes confíen en Dios y estén siempre
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abiertos a su amor. Quienes no se dejen
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vencer por el desánimo y el miedo.
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Quienes se esfuercen por hacer de la
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vida una fiesta para todos.
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quienes no hagan llorar ni sufrir a
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nadie, quienes respeten la dignidad, la
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libertad y la vida de los demás.
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La imagen bíblica del banquete y de la
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fiesta nos recuerda que la vida no es
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solo trabajo, compromisos y
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preocupaciones,
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ansiedades y dolores.
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No es casual que a Jesús le gustara
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tanto hablar de Dios y de la vida con
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esta imagen
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del banquete y de la fiesta.
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Muchas de sus parábolas hablan de
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comidas festivas.
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Él mismo aceptaba con alegría
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invitaciones a comer y beber en algunas
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casas. Y como signo de la misericordia
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de Dios, que no excluye a nadie, se
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sentaba a la mesa con pecadores públicos
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y con personas rechazadas por la
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religión o por la sociedad.
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Hoy Jesús nos cuenta una de esas
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parábolas y nos dice que el reino de los
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cielos es como una fiesta de bodas. La
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más importante de las fiestas. Se casa
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el hijo del rey.
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Para celebrarla, el rey envió a su
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siervo a llamar a los invitados,
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pero ellos no quisieron ir.
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El rey no se desanimó y volvió a
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invitarlos.
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Sin embargo,
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esta segunda vez tampoco aceptaron.
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Algunos tenían cosas más importantes que
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hacer, como ir a su campo o atender su
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negocio.
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Otros agarraron a los siervos, los
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insultaron y los mataron.
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Ante la invitación a la boda, la única
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respuesta fue el desinterés
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e incluso la agresividad hacia los
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enviados. Así responde el mundo a Dios
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con indiferencia o con agresividad.
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En la parábola, el rey es Dios
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quien nos invita a vivir la vida con la
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alegría de una fiesta.
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Y nuestra respuesta
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tantas veces es la de los primeros
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invitados, la indiferencia.
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Dios nos resulta poco atractivo.
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Las ocupaciones nos ofuscan y las
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preocupaciones pueden volvernos sordos
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al bien, al amor, a la verdad, a la
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fraternidad, sordos a Dios.
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Muchas veces dejamos de escuchar la voz
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de Dios que nos llama y terminamos
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respondiendo solo ante nosotros mismos
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como si fuéramos la medida de todo. Sin
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darnos cuenta nos podemos ir encerrando
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en el pequeño círculo gris de nuestro
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egoísmo.
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La llamada de Dios puede ir apagándose
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nuestra vida hasta que nos acostumbremos
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a vivir sin él.
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Dice la parábola que otros invitados
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respondieron con violencia
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y atentaron contra los siervos del rey,
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insultándolos y asesinándolos.
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Estos siervos son figura de los
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profetas, enviados por Dios y
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perseguidos por los poderosos de turno.
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Tampoco hoy faltan quienes actúen así
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como aquellos invitados.
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Hoy también los profetas sufren
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persecución y martirio. Y también hoy
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hay gente que reacciona como los que
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atentaron contra los siervos del rey.
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Los dictadores de nuestro tiempo tienen
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el corazón tan oscurecido por la
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ambición y la crueldad que no solo
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rechazan la invitación, sino que también
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arruinan la fiesta,
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la fiesta de la vida, convirtiendo la
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convivencia social en una amarga vigilia
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de luto sostenida por el miedo, la
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amenaza y la represión.
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Dicen invocar a Dios.
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Pero se festejan a sí mismos.
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Dicen celebrar sus triunfos,
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pero se aislan cada vez más. Y su
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aislamiento
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revela la fragilidad de un poder que no
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tiene futuro.
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La última palabra sobre la historia no
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la tienen ellos, sino Dios.
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Tengamos esperanza, a pesar de todo
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habrá fiesta.
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Lo más llamativo de la parábola de hoy
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es que después del rechazo de los
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invitados, el rey mandó otra vez a su
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siervo, pero esta vez para que fueran a
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los cruces de los caminos e invitaran a
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la boda todos los que encontraran. Sin
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tener en cuenta méritos personales o
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moralidad de vida, los siervos del rey
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salieron a los caminos y reunieron, dice
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la parábola, a todos los que
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encontraron, buenos y malos,
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de tal forma que la sala de bodas se
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llenó de comensales.
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Así es Dios.
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No se echa atrás ni desiste de
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invitarnos a su fiesta.
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Nuestro egoísmo y nuestro pecado no
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condicionan a Dios.
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Santa Teresa de Jesús, cuya fiesta vamos
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a celebrar este próximo jueves 15 de
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octubre, decía que el Señor nunca se
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cansa de dar, ni se pueden agotar sus
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misericordias.
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No nos cansemos nosotros de recibir.
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Si los corazones de los invitados se
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cierran, el Señor abre nuevos caminos.
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Siempre encuentra una indija por la que
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meterse en nuestra vida. Así de bueno es
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Dios. Cuando es rechazado insiste, en
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vez de olvidarnos nos busca de nuevo.
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Dios abre, amplía el horizonte, vuelve a
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empezar siempre, va más allá. Dios no se
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cansa de amarnos. No nos cansemos
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nosotros de acoger su amor. El único
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amor que hace de la vida una fiesta.
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En la iglesia resuena hoy la invitación
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de este Dios que llama a todos en ella,
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en la iglesia, como decía el Papa
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Francisco, hay lugar para todos, todos,
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todos. Lo dijo en la ceremonia de
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acogida de la Jornada Mundial de la
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Juventud en Lisboa en 2023.
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Acojamos pues la invitación de Dios a
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las bodas de su hijo.
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Una fiesta que ya anticipamos cada vez
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que celebramos la Eucaristía. Dichosos
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nosotros los invitados al banquete de
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bodas del cordero. En esta fiesta no hay
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que pagar la entrada,
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es gratis.
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Basta con no poner excusas,
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no cerrar el corazón al amor, no dejar
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de escuchar la llamada de Dios y sobre
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todo no arruinar la fiesta de la vida de
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los demás.
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Al final de la parábola,
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el rey entra a la sala del banquete y
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encuentra a un invitado que no lleva
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puesto el vestido de bodas.
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A la gratuidad de la invitación al
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banquete, corresponde llevar la
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exigencia
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de un vestido, es decir, mostrar con
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nuestras obras que hemos respondido al
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amor, viviendo, como dice el Nuevo
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Testamento, revestidos de misericordia o
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revestidos del hombre nuevo o de Cristo,
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de las virtudes del evangelio. El
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vestido es lo más exterior, es lo que se
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ve, son las obras que responden al amor
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de Dios. Es necesario responder,
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agradecer con la vida y dejarnos
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cambiar. Hay que llevar puesto el
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vestido de bodas. No basta ser invitado.
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El vestido de bodas no se lleva por
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fuera en realidad, sino en el corazón. Y
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todos tenemos este vestido un poco roto,
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sucio o remendado,
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pero Dios es tan bueno que no se cansa
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de regalarnos una y otra vez un vestido
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nuevo.
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El Señor nos conceda la gracia de gozar
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de la fiesta de la vida y de la fe, que
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nos ayude a no estropear la fiesta de la
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vida de los demás y nos conduzca un día
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a la fiesta de las bodas eternas. A
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pesar de todo, habrá fiesta. Amén.
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