Homilía de monseñor Silvio José Báez II Domingo de Cuarezma 1 de marzo de 2026
Mar 1, 2026
Homilía de monseñor Silvio José Báez II Domingo de Cuarezma 1 de marzo de 2026
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Queridos hermanos y hermanas, el
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evangelio de este segundo domingo de
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cuaresma
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está lleno de sol y de luz.
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Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y
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Juan
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y subió con ellos a un monte alto.
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Allí se transfiguró delante de ellos.
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Su rostro brilló como el sol y sus
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vestidos resplandecieron como la luz.
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Esto ocurrió
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seis días después de que Jesús les
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revelara que estaba dispuesto a ir a
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Jerusalén,
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donde las autoridades judías después de
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hacerlo padecer mucho, lo matarían.
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Los discípulos se habían desconcertado
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ante las palabras del maestro y se
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habían llenado de temor ante el destino
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trágico que le esperaba.
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Todo se les había oscurecido.
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Estaban confundidos,
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tenían miedo y comenzaban a
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desilusionarse.
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En el monte, los tres discípulos
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contemplan por un momento, en la
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intimidad de la altura, la humilde
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gloria de Dios oculta en la humanidad de
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Jesús.
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Él quería que comprendieran el camino
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del amor que estaba dispuesto a
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recorrer, incluso padeciendo el
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sufrimiento y la muerte. Allí quiso
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mostrarles el secreto que se escondía en
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su humanidad,
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la gloria del amor que movía su corazón
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y lo llevaba a una entrega sin límites
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por la humanidad.
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El rostro luminoso de Jesús es una
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imagen que hay que grabar en el corazón
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para el día más oscuro, cuando su rostro
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sea golpeado, ultrajado, humillado,
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cuando ya no aparezca transfigurado,
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sino desfigurado.
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El gran desafío que Pedro, Santiago y
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Juan deben aceptar es este. Están
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llamados a descubrir el hilo misterioso
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que une
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al monte de la transfiguración con el
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monte calvario.
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La desconcertante relación entre la luz
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fulgurante
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y la oscuridad total
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entre el rostro transfigurado de Jesús y
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el rostro desfigurado de un crucificado.
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Para los tres discípulos era necesaria
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esta experiencia que los fortaleciera,
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los iluminara y los hiciera sentir
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envueltos en el amor que llenaba la vida
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de Jesús.
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Tenían que tomar distancia de la
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realidad cotidiana, de sus miedos y
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sombras, y abrir los ojos a algo nuevo y
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luminoso.
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Debían comprender que la última palabra
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en la historia no la tienen el dolor, la
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injusticia, el mal o la muerte. Pronto
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vivirían la noche de la pasión y muerte
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de Jesús. Y era importante que la
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vivieran con la conciencia de que esa
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oscuridad no iba a ser para siempre.
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Ninguna noche de la vida es para
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siempre.
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Jesús los condujo a la cima del monte,
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no para alejarlos de la realidad, sino
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para que tomaran distancia y tuvieran
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una visión más amplia y más profunda de
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la vida. Desde lo alto el panorama se ve
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mejor.
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No es sano vivir solo en la llanura de
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lo rutinario, condicionados por las
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urgencias de la vida y llenos de miedo
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por los retos que enfrentamos. Hace
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falta tomar distancia y elevarnos por
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encima de los pantanos del fracaso, la
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mediocridad o la desesperanza.
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Allí en el monte, Pedro, Santiago y Juan
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pudieron ver más allá de la apariencia
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una verdad más profunda.
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Más allá de la humilde humanidad de
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Jesús, contemplaron la gloria luminosa
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de Dios. Hoy también se nos plantea este
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mismo desafío,
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ver más allá de la experiencia,
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ver más allá de la apariencia con los
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ojos de la fe. El mundo nos enseña a
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juzgar por el éxito, la belleza externa,
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el poder visible.
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La fe nos invita a mirar con otros ojos.
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En una cruz el mundo ve derrota. La fe
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ve el triunfo del amor. En nuestras
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crisis, el mundo ve fracaso. La fe
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descubre oportunidades de crecimiento.
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Cada dificultad encierra una semilla de
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gracia. Cada lágrima puede convertirse
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en un manantial de bendición.
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La fe es como un par de lentes nuevos
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que nos permiten ver la realidad con
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claridad.
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Sin fe miramos la vida con los ojos del
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miedo,
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del desánimo y del cálculo humano. Con
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la fe vemos con los ojos del amor, de la
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esperanza y de la eternidad.
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Las la fe nos ayuda a reconocer
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a Dios que nunca está ausente, siempre
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está tejiendo algo hermoso, incluso
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cuando no podemos verlo. La fe nos
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permite ver resurrección en medio de la
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muerte, luz en medio de la oscuridad,
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sentido en medio del caos.
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Con esa mirada podemos seguir adelante
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cuando todo parece perdido, porque
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sabemos que al final de la vida y de la
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historia todo será gloria, vida y luz
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para siempre.
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También en la vida social hay momentos
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de desconcierto.
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Nos sentimos dispersos, débiles y a
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veces hasta fracasados por no alcanzar
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los resultados esperados.
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La injusticia y la violencia parecen
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invencibles.
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No se ven caminos de solución.
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El cansancio, los intentos fallidos y
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las decepciones nos abruman. En esos
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momentos hay que subir al monte, tomar
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distancia, elevarse sobre la llanura
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de las tristezas, de los intereses
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personales, abandonar los pantanos
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ideológicos que nos vuelven rígidos o
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pesimistas.
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La luz del Señor resucitado que vence el
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pecado y la muerte ya está presente
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anticipadamente
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en cada monte que subimos para ver la
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realidad con fe. Y desde la cima del
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monte podremos ver con nuevos ojos.
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La fe nos ampliará la mirada y el
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corazón.
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La luz nueva que irradia a Cristo nos
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transfigura,
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nos permite ver con una mirada renovada
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la vida y la historia, nos da fuerzas
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para seguir luchando por un mundo nuevo
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y no deja que se marchite nuestra
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esperanza.
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Iluminados por Jesús, no seremos
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sembradores de oscuridad, sino humildes
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sembradores de destellos de luz, donde
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parecen reinar las tinieblas.
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Como Pedro, Santiago y Juan, necesitamos
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subir al monte una y otra vez y permitir
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que la luz del Señor resucitado alumbre
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las tinieblas de nuestra existencia.
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Subimos al monte, sobre todo cuando
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oramos
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en la oración,
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en el silencio para estar con el Señor,
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aunque sea por poco tiempo, su luz nos
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transfigura.
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Los momentos de oración no son inútiles,
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son necesarios. Necesitamos exponernos a
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esa luz amorosa, dedicar tiempo para
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escuchar a Jesús, convertirnos a él y
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gozar de su presencia luminosa.
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Cuando contemplamos la luz del
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resucitado, no quedamos cegados
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ni olvidamos nuestros compromisos. Como
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los discípulos que subieron con él al
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monte, debemos bajar siempre a la
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planicie de la cotidianidad, a la vida
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diaria.
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a la lucha y la fatiga de todos los
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días. Pero qué distinto es estar en la
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llanura después que hemos bajado,
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transfigurado e iluminado del monte. En
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esta Eucaristía
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estamos en el santo monte contemplando
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el rostro luminoso de Jesús y escuchando
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su voz. Al terminar la celebración,
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bajemos a la llanura de todos los días,
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iluminados por él.
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Que la luz del Señor nos haga fuertes y
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resplandecientes.
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Que nos ayude a descubrir la belleza de
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la vida oculta como una gota de luz en
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el corazón viviente de cada cosa. Amén.

