Dejé de pedirles ayuda a mis padres cuando tenía veinte años. No porque hubiera dejado de necesitarla, sino porque cada vez que les pedía algo, la respuesta era la misma.
Mariana levantó sola un negocio de reparación que por fin empezó a prosperar. Entonces sus padres llegaron con un remolque lleno de herramientas y anunciaron que instalarían a Diego, su hermano favorito, en “su mitad” del galpón.